Y es que no hay nada que consiga relajarme más que el sonido de los coches. Como aquella vez con ella; miré el reloj, eran las 3,57 pm y recorríamos la calzada.Sus medias estaban hechas jirones, trozos de tela marcados de agujeros que hacían juego con mis pantalones cortos de color desesperanza.
Bailábamos al son de los motores sobre cuatro y dos ruedas.
No recuerdo más de aquella noche, sólo que amanecimos en su portal, con un gato al lado, mirándonos acusadoramente.
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